
-Ofrezco mi alma con una condición.
-¿Cuál? –preguntó el Maligno que, interesado, empezaba a llenar el formulario.
-Quiero ver a Dios.
-Me parece razonable. Firme aquí. –fue la respuesta de Belcebú.
Cuando el hombre hubo rubricado, Satán se incorporó.
Lucifer condujo al contratante a un recinto en el que, de inmediato, comenzó a cumplir su condena eterna. En el breve lapso en que el lomo del réprobo descansaba entre ida y venida del palo, éste se quejó por incumplimiento de contrato.
-Ya me viste. –contestó el Otro, que ya rumbeaba para el escritorio.
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